martes, 5 de octubre de 2010

La Gioconda

Hace años que conocí París. Me pareció una ciudad preciosa, en la que te podías sentar en cualquier café y degustar un buen plato. Me divertí contando las escaleras de la Torre Eiffel, por la que subimos andando hasta el último tramo, en el que se sube en ascensor. Y me reí viendo cómo me temblaban las piernas al bajar, después de tantos escalones arriba y abajo.

Tomamos un tren y fuimos a visitar el Palacio de Versalles. A veces lo que menos te esperas que ocurra es lo que más agradablemente te sorprende y lo que guardas como algo más especial en tu memoria. Eso es lo que ocurrió cuando decidimos alquilar una bicicleta y pasearnos por los jardines del palacio. Fue el paseo en bicicleta, más que la visita al palacio, lo que guardo con cariño y nostalgia en mis recuerdos.

Paseamos hasta el museo del Louvre. Allí me gustó poder ver en vivo y en directo todas las pinturas del renacimiento italiano que tanto nos habían explicado en historia del arte, cuando estudiaba bachillerato. Tiziano, Boticelli, Piero de la Francesca, Leonardo ... Los cuadros que me enseñaban en diapositivas o en libros, expuestos a mi vista. Los reales, los auténticos ... con todas las connotaciones religiosas que nos contaba nuestra entendida profesora.

Y entonces llegamos a la sala donde estaba ella. La Gioconda, la Mona Lisa. Recuerdo que estaba ella sola en una sala dedicada, protegida por unos cristales que no dejaban observarla desde muy de cerca. La sala estaba abarrotada de gente pegada a los cristales. Me hacía ilusión ver el cuadro. Mucha. Tal vez era uno de los cuadros sobre los que recordaba más explicaciones: la técnica del sfumato que utilizó Leonardo da Vinci para pintarla, que era una técnica que creó él y que difuminaba la imagen, todos los misterios que rodean la identidad de la protagonista y su sonrisa ...

Cogí distancia y la miré. Paseaba lentamente desde la media distancia, sin dejar de mirarla. Y entonces ocurrió algo inesperado. Allí, rodeada de tanta gente, en una sala tan concurrida, ella me miró a mí. Sólo a mí. Todo el rato a mí. Y me emocioné. Las lágrimas empañaron mis ojos pues recordé, en aquel momento, esa otra característica del cuadro. Que estés donde estés y la mires desde donde la mires, ella siempre parece que te esté mirando a ti. Fue como si ella hubiera tenido conmigo un bonito gesto de agradecimiento por haber recorrido tantos kilómetros para verla. Por respetarla y admirala. Y por serme imposible contemplarla desde más cerca.

Me avergüenza un poco confesar que éstos fueron los sentimientos que me produjo verla. Pero así fue. Cuando me acuerdo de mi viaje a París, inevitablemente, lo primero que pasa por mi cabeza es ese pequeño instante en el que tanto se agitó inesperadamente mi interior con sólo mirar a la Gioconda.

3 comentarios:

  1. El pincel se apoyó en el lienzo por allá por 1500... hace la friolera de 500 años... y la emoción es despertada aún hoy... eso es arte. Leonardo eternizó un momento, efímero, haciéndolo durar... quien sabe cuanto tiempo más.

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  2. Ostras! Gracias por corregirme la falta, soy muy perfeccionista con la ortografía y ésta no entiendo cómo se me ha podido colar ...

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